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miércoles, 25 de febrero de 2015

#HistoriasdeAcoso

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Es un tema medio escabroso. De esos de los que todo el mundo tiene una opinión. Y sin embargo, yo, INGENUAMENTE, pensé que el debate causado por el bien intencionado pero completamente inefectivo proyecto de ley “anti-piropos” presentado ante la Asamblea, sería algo bueno. Siempre es mejor hablar del tema, pensé. Discutirlo. Que la gente lo entienda.

Mi error, entiendo ahora, fue dar por sentado que todo el mundo estaba en la capacidad de entender.

Ser mujer y salir a la calle es una cosa complicada. Suena exagerado, pero es así. Hay miles de cosas que uno tiene que pensar antes de dar el primer paso fuera de su casa. Y no solo son las normales  (me veo bien, esta ropa combina, etc.), sino también las inverosímiles, (estoy vestida  de forma apropiada para el área de la ciudad a la que me dirijo, llevo algo en mi cartera con lo que pueda protegerme si me atacan). Salir a la calle significa, a veces, tragarse la dignidad, sonreír a pesar de todo, mantener la frente en alto cuando se tienen ganas de llorar.

No exagero. En serio. Las palabras no hacen daño, leí por ahí esta semana. Pero es mentira. Hieren. Causan miedo. Asco. Rabia. Deberían sentirse halagadas, escuché también por ahí. A otras ni les hacen caso. Y me reí. Me reí porque la única otra respuesta posible era llorar, y la persona que dijo semejante cosa no se merece mis lágrimas. Me reí porque ya no solo me tengo que aguantar que me falten al respeto, tengo que disfrutarlo. Es un cumplido. Un piropo.

Quizás, lo peor que escuché fue la frase: Hay libertad de expresión. Me ha tomado un par de días procesarla. Entender que respuesta debo dar a esta idea. Hace no mucho escribí sobre respetar el derecho ajeno, justo después de los atentados de Charlie Hebdo. Este tipo de pensamiento va en contra de esa idea. Hay libertad de expresión, sí. Eres libre de ser un cerdo machista si quieres, pero no eres libre de acosarme a MÍ, individualmente, por tus creencias. La libertad no incluye el acoso, la intimidación, el atropello. Burlarse de una figura pública en un periódico dista mucho, muchísimo de que 3 hombres te griten a ti, a cinco metros de distancia, todo lo que quieren hacerte.

Así son los panameños, añadió alguien, como la cereza del pastel. Esos son los piropos que saben. Habrá que aguantarse.

Y no. A mí no me gustan este tipo de piropos. No me da la gana de soportarlo, ni de tener que cambiarme de acera para poder mantener un poco de dignidad, ni de pensar dos veces si debo salir a comprar comida porque en la esquina hay cinco trabajadores de construcción juntos, y tengo que pasar por ahí, no hay forma de evitarlo. A mí no me gusta ser un objeto. Y soy persona. Y las personas decimos basta. Hasta aquí. No aguanto más. 

martes, 20 de enero de 2015

Del respeto al derecho ajeno…

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Nace la paz. O algo así. Me tendrá que perdonar Benito Juárez por la cita, pero es que la cosa se está poniendo un poco dudosa. Todos (y hablo de todos en el gran sentido de la palabra) estamos de acuerdo con el fondo de la cuestión, pero en la práctica…en la práctica, que difícil es.

Hablo de respeto en general. Respeto a las opiniones ajenas. Respeto a la forma de expresar estas opiniones. Respeto por esas cosas con las que estás de acuerdo, y respeto por las cosas que te parecen repugnantes. En fin, respeto con R mayúscula y en negritas.

Fue muy fácil para mí usar esta máxima mientras hablábamos de los horribles atentados en la revista Charlie Hebdo, en Francia. Nada justifica eso, ni un insulto real o percibido contra tu religión, ni las diferencias, ni odios heredados. Nada. Llenarte de razón contra algo que te parece abismal, absurdo, es de las cosas más sencillas del mundo.

Pero ay, como cuesta cuando te voltean la tortilla. Cuando estas sentada frente a la televisión escuchando lo que, a tu leal saber y entender, son una sarta de estupideces salir de la boca de lo que después del espectáculo de anoche no puedes calificar de otra manera que una partida de ineptos, y tu mente te dice, te grita, que hay gente que no tiene derecho a hablar.

Si no tuvieron la desgracia de ver el “interrogatorio” (yo lo llamaría más bien linchamiento) de nuestros “honorables” Diputados al Administrador de la Autoridad del Canal de Panamá, Jorge Quijano, pues, bien por ustedes. Seguro se levantaron esta mañana con algo de fe en el proceso. Yo, sin embargo, ya sé que tipo de personas nos representan, así que la fe se ha desvanecido.

La verdad es que todo el mundo tiene derecho a hablar. Una parte de mi dice que eso no significa que todo el mundo debería hacerlo, pero en el fondo, hasta las estupideces son buenas. Constructivas. Yo aprendiste algo anoche. Aprendí que ser Diputado no es tan difícil. Aprendí que hablar en público es una cosa más complicada de lo que pensaba. Aprendí que hay que pensar antes que hablar. Aprendí que el respeto al derecho ajeno es mucho más difícil en la práctica que en la teoría.  

La mayoría de esas cosas ya las sabia, pero siempre es bueno cuando la gente esa a la que le pagan demasiada plata por representarte te enseña algo. Aunque simplemente sea que hay que hacer todo lo que esté a tu alcance para no ser como ellos.

martes, 13 de enero de 2015

No hay secretos, así que mejor ni intentarlo.

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If you want to keep a secret, you must also hide it from yourself.” es una de las frases que más recuerdo de 1984, el maravilloso y espeluznante libro de George Orwell sobre una sociedad que seguramente nunca, nunca podría existir. (yeaaaah, riiiiight). Siempre me han gustado las exageraciones como forma de expresión literaria, así que la idea ha tenido un cierto appeal para mí. Eso es, claro está, hasta que me di cuenta que estamos más cerca de la exageración de lo que yo pensaba.

Nadie está monitoreando mis emails, o mis conversaciones telefónicas. (Creo). Pero, aun si lo estuvieran, no me preocupa mucho la cosa. La vida ha cambiado (no cambiado así un poquito, como tonos de un mismo color, no, la vida es un color diametralmente opuesta al que comenzó ya, amarillo y morado, nada en común). La vida la compartimos nosotros mismos, en Facebook, en Twitter, en Instragram, y quien sabe de qué otra manera más. Los secretos son una cosa del pasado.

Escribo un cuento en la mañana, y cuando lo publico en la tarde cinco personas me preguntan cuándo me pasó eso. Termino una novela y sé que la gente pensará que todas y cada una de las palabras son mías (y lo son, aunque no sea yo). Antes (tiempo pasado, historia patria), daba explicaciones. Esta es una de las preguntas favoritas de la gente. ¿Qué tanto de lo que es tu personaje tiene que ver con tu personalidad? ¿Y eso, te pasó a ti? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde?

Ya no contesto. Mis historias hablan por mí. No estoy segura que dicen. Seguramente cada persona encontrara la respuesta que quiere en ellas. Mi vida no es un secreto. No pretendo que lo sea. Fue Emile Zola que dijo, mucho antes de la época está en que vivimos, en la que parece que la privacidad no existe, en la que el gobierno, el vecino, el conocido y el amigo parecen saber más de tu vida que tú mismo, las palabras que enmarcan lo que ser un artista significa para mí.

“If you ask me what I came to do in this world, I, an artist, will answer you: I am here to live out loud.” 

No es tan difícil. Digamos lo que pensamos. En alto. Con fuerza. Seamos honestos. Y sobre todo, aceptemos nuestros defectos, nuestros errores. Lo dije antes, y lo repito: Ya no hay secretos. Alguien se enterara tarde o temprano, seamos políticos, artistas, abogados, ingenieros. Y si alguien se va a enterar de mi vida, pues, prefiero echar yo el cuento. Al fin y al cabo, las palabras son lo mío. 

jueves, 18 de diciembre de 2014

El 20 de diciembre de 1989, yo estaba….

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*el después

Esta es la historia que no contamos. O que contamos por pedazos. La que no conocemos. Quizás es la historia que tememos. No se me ocurre otra razón para el velo de silencio que ha cubierto el tema durante los últimos veinticinco años.

Hay recuerdos, claro. Los de nuestros padres, más que nada. Hay uno que otro libro, la ficción tratando de poner en palabras lo que no tiene nombre. Hay un Informe de la Comisión de la Verdad, más un resumen de atrocidades de veinte años que una historia de cómo terminó todo. Hay documentales, varios, más conocidos en Estados Unidos que aquí (irónico, ¿no?).Hay poco, casi nada. Y hay gente como yo, con recuerdos fragmentados, con un rompecabezas que por más que intentemos nunca coge forma.

A los cinco años se procesa poco. Las memorias comienzan un poco antes, dicen los expertos, pero yo creo que mienten, porque de esos días yo recuerdo solamente esto:
    1. No tuve graduación de Kinder. Probablemente la graduación era el 20, o el 19, y fue cancelada por razones obvias. Tampoco me devolvieron las manualidades que dejé en mi puesto ese último día. (El tiempo me ha hecho entender que las manualidades no son lo mío, así que seguramente no fue una gran pérdida, pero aun así, al año siguiente, al regresar a la escuela, estaba convencida de que estarían ahí, esperándome. No estaban)
    2. El color blanco. Curioso como un color viene a definir un recuerdo, como una niña de cinco puede procesar que había mucha gente vestida de blanco en las calles, sin que eso signifique nada, no entonces.
     3. Las imágenes de los saqueos desde la televisión, así como quien ve una película que no tiene ninguna relación con la realidad, no las imágenes del Chorillo ardiendo, ni de soldados, ni mucho menos de tanques, no, lo que recuerdo es la gente intentando arrastrar refrigeradoras, televisores, estufas.
    4. Una bala perdida en la cuna de mi hermana. Nunca supe como llegó ahí, quizás mis papas si y nunca me dijeron. Solo recuerdo el hecho en sí, la bala, la bebé que no estaba en su cuna en ese momento, y lo raro y a la vez normal que era todo.

Eso es todo. No hay más. He pasado muchos años buscando en los recovecos de mi memoria. No sé mucho más. He buscado, créanme. He intentado. Estoy llena de facts, y sin embargo, todavía siento que me faltan miles de historias por escuchar.

Se acerca de nuevo el 20 de diciembre, y ya son 25 años. Muchos años. Demasiados, si me preguntan a mí. Demasiados para mi generación, y ni hablemos de la generación de mi hermana. Muchos años de no saber, de no entender, de esperar una historia que no llega, no completa.

La #memoriadetodos no basta, no mientras la #memoriadetodos sea una cosa que resucitamos cada año durante estas fechas, una cosa personal, una cosa privada. Ya ha pasado suficiente tiempo.  Hagamos que la memoria de todos sea, en verdad, una cosa compartida. Hagamos patria contando una historia que hace mucho, mucho tiempo debió ser contada. Contémosla de verdad, con ganas. Escribamos, cantemos, pintemos, hagamos arte. Descubrámonos de nuevo en la verdad que por tanto tiempo hemos callado. Hay gente que dice que el arte no cura las heridas. Ay, qué triste la vida de esa gente. ¡Qué triste!

martes, 9 de diciembre de 2014

El Miró 2014, los Premios desiertos y el difícil trabajo de ser jurado

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Este el tema de nunca acabar. En serio. De NUNCA acabar. Todo el mundo tiene una opinión, algunas controversiales, otras un poco menos.  Hubiera pensado que la consecuencia normal del fallo de la Sección CUENTO en el Concurso Ricardo Miró 2014 hubiera sido una amplia discusión sobre el tema. Pero eso no ha sucedido. Con respeto a todos los involucrados, esto ya va siendo más algo así como un concurso de pataletas. Y ese es el problema. Podemos estar en desacuerdo. Es más, es hasta sano que lo estemos. Pero que las diferencias de opinión sirvan para algo. Que sirvan para mejorar. Para crecer.

Como de opiniones vamos, esta es la mía: No está mal que el concurso se haya declarado desierto. Los concursos son, hasta cierto punto, una ruleta rusa. Todos los entendemos. Una cosa es calidad literaria y otra es gustos, y las dos cosas influyen al momento de que cada jurado tome su decisión. Este año los tres jurados coincidieron en que para SU criterio y SUS gustos, no había un claro ganador.

Repito, su criterio, y sus gustos. Quizás otro jurado hubiera decidido diferente. Tal vez haya gente que piense que no es justo. Pero es que estos son los jurados que tocaron en el 2014. Este es su criterio. Si no respetamos el criterio de esos jurados, como podemos respetar el de los jurados del año anterior, o el de los jurados que hace unos años premiaron a Neco Endara, o el de los jurados del próximo año y el que sigue, y el que sigue.

Para mí, por ahí va la cosa, por una cuestión de respeto, puro y simple. A mi hay escritores panameños muy buenos, muy reconocidos, con gran trayectoria, que simplemente no me gustan. No me mueven. Puedo leer sus escritores, reconocer la técnica, saber que tengo mucho que aprender de ellos y, al mismo tiempo, no disfrutarlos. Hay otros que adoro por encima de todas las cosas. Así es la vida. Por eso somos diferentes. Que aburrido seria si nos gustara lo mismo.

Los jurados son personas (LO SON, LO JURO). A veces, a nuestro parecer, se equivocan. Pero sus equivocaciones, o no, sus gustos, sus criterios, nada tienen que ver con la discusión real que debería estar ocurriendo en este momento.

Discutamos que hace falta en la cuentística panameña, que temas requieren más profundidad, que técnicas se usan muy poco, quienes son los maestros a seguir. Leamos a los extranjeros, no porque no seamos lo suficientemente buenos, sino porque hay cosas que aprender de todos lados, y el día que dejemos de ver esta realidad es el día en que realmente nos quedaremos estancados.

Que el fallo sirva de algo, compañeros escritores (dicho con voz de dirigente estudiantil). Que sirva para aumentar las ansias, no de ganar, sino de escribir una obra que valga la pena ser mencionada a lado de la de Chuchu Martínez, Rogelio Sinan y Ernesto Endara. No nos quedemos atrás. Camino siempre hay.

*(Agrego la foto de los ganadores este año porque mi Isa se ve tan linda y me dan ganas de abrazarla, y este es mi blog y si quiero echarle flores a mis amigas lo hago, pues  :)

jueves, 23 de octubre de 2014

Los #escritorespanameños somos una mafia

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Ser escritor en Panamá es una cosa curiosa. Supongo que es lo mismo en todos lados, pero como mi experiencia está limitada a un año en Barcelona donde pasé más tiempo buscando inspiración que siendo parte de una comunidad y mis años de disque escritora seria acá en Panamá, no puedo más que opinar de lo que somos aquí, en este pueblo chico, infierno grande.

¿Qué somos? Somos una mafia. Eso, sin más. No en el sentido criminal, ni tampoco en el sentido siciliano (aunque si tuviera que escoger otra nacionalidad, italiano estaría más que bien), sino, como bien dice la RAE:

3. f. Grupo organizado que trata de defender sus intereses. La mafia del teatro
La mafia de la literatura panameña, entonces. Suena feo, elitista y hasta ridículo, pero no lo es. Al menos no del todo. La mafia acepta nuevos integrantes. La mafia subsiste porque hay nuevos integrantes. Pero la mafia se mantiene, también, porque a pesar de ser abierta, de alguna forma separa a los nuevos integrantes de los jefes de la “familia”.
Mi conocimiento sobre la mafia está limitado a haber visto 24 veces las películas de El Padrino, además de haber leído el libro. (Porque el libro siempre es mejor), pero a que no les suena lo que les digo? ¿No? ¿En serio no? Puede ser que si no les suene sea porque a) No son escritores. b) No son panameños. c) Han tenido la suerte de encontrar su camino hacia dentro de la mafia ganando un concurso, tomando un Diplomado en Creación Literaria y/o siendo familia/amigo de alguien que ya pertenecía a la mafia.
Si no están en ninguno de esas tres categorías, seguro nos entendemos. Mafia. Sí. MAFIA. No una mafia mala, pero una mafia cerrada. Protectora del status quo. Las mismas caras de siempre. Las mismas figuras.
Todo esto lleva a que tengamos una mala impresión de todo el asunto, de los premios, de los #escritorespanameños, y a veces, hasta del oficio de escribir. Que pensemos que todo el mundo escribe como ese escritor que nos mandaron a leer en la escuela y que todos odiamos, que nadie está interesado en ayudar al otro a mejorar, y que es más fácil escribir que ser, propiamente, un escritor panameño.
A veces es cierto. Muchas veces, sin embargo, no lo es. La literatura te da más de lo que te quita. Te da maestros, modelos. (A veces quiero regresar a cuando era poco más de una niña y daba clases con Ariel Barría. O a los talleres en Exedra con Carlos Wynter. O, mucho más atrás, a cuando Enrique Jaramillo Levi me regresó mi primer cuento todo marcado de rojo.) Te da amigos de por vida. (Esos que se ponen triste contigo, y con los que tú te pones feliz). También te da golpes. No es fácil, ser escritor. Ni aquí, ni en ningún lado, supongo. Somos (y me incluyo), una comunidad cerrada. A veces faltan espacios. Casi siempre falta critica. Pero hay gente que ama este oficio. Hay gente que ama las letras. Hay gente que tiene empeño, ganas, fuerzas. Quizás no se ve desde afuera, pienso, cada vez que voy a un taller y escucho las quejas de los jóvenes sobre lo aburridos, cerrados y grises (GRISES, me dijo un niño, GRISES), que son los escritores panameños. A lo mejor somos tan cerrados que damos una mala impresión, concluyo cuando me escribe alguien de otro país hablando de la fama de los escritores panameños. Tal vez necesitamos un cambio.
La aceptación es el primer paso, ¿no?   

viernes, 25 de abril de 2014

Feliz Cumpleaños, maestro Sinán. Y feliz día, escritores!

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Hoy es el día del escritor. Bueno, del escritor panameño. Levanten la cabeza. Saquen el pecho. El día del escritor panameño. Suena bonito, y todo. Un día solo para los que nos dedicamos a esta cosa que a veces duele y otras es casi como tocar el cielo.

Ser escritor no es fácil. Repito, para que quede claro. NO ES FÁCIL. Es más hasta diría yo que la mayor parte del tiempo es condenadamente difícil. La gente tiene la impresión de que es solo sentarse, esperar que llegue la inspiración, y bum, ya estás. De ahí sale un cuento, una novela, un poema.

Pero, no es así. En el fondo, si son honestos, ustedes tampoco querrían que fuera así. Una cosa es creer en la magia de la palabra (y hay magia, eh, a veces hay tanta que asombra), y otra cosa es agarrar un libro y pensar, este tipo se dedica a esto porque es sencillo.

No. Es al revés, nos dedicamos a eso porque no lo es. 

Háganme un favor. Cuando lleguen a su casa, agarren un libro. El que sea. (Aunque, tomando en cuenta que celebramos el día del escritor PANAMEÑO, quizás sería mejor que fuera uno de los nuestros). Lean un par de líneas. ¿Les gusta? ¿Se lee “fácil”?

Si la respuesta es sí, les aseguro que costó. Y mucho.

Así es la vida, queridos lectores. Ya ustedes lo sabían, escritores míos. Y si no lo sabían, pues, mejor que alguien se los dijera. Hoy quizás no me quieran por ser yo la que transmito estas verdades, pero les prometo, algún día, me lo agradecerán. Mientras más rápido se entera uno, menos tropiezos. Escribir cuesta. Requiere pensar. Estudiar. Estar dispuesto a reinventarse cada día. Leer. Leer. Leer. Y, también, un poco de fe. Una pizca de magia.

Feliz día, escritores panameños. Gracias por las risas, por el llanto, por haberme conmovido, por haber hecho que una niña quisiera ser como ustedes. No como los de afuera. Como ustedes. Me siento orgullosa de ser una escritora en Panamá.

Y si alguien les pregunta, levanten la cabeza, saquen el pecho, y digan, con orgullo, “Sí, yo soy escritor. Y sí…vale la pena!” 

martes, 8 de abril de 2014

Vamos al teatro, vamos al teatro, amos, amos.

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                           “Cuando el teatro es necesario, no hay nada más necesario.”

Nadie va al teatro, así que para que inventar OTRO, me escribió alguien ayer por twitter, cuando dije que no tenía ninguna intención de ver del debate, ya tenía una cita con el nuevo Teatro La Estación.

Hoy, al escuchar los comentarios, no me queda más que decir: Decisión acertada. No solo porque no vi la cosa esa que mal quieren llamar debate, sino porque hoy estoy más convencida que nunca que, quizás, si ponemos de nuestra parte, tal vez, a lo mejor, el teatro, este teatro, el bueno, si pueda salvar al mundo.

Yo amo el teatro. No pretendo ser observadora imparcial. Estuve muchos años en el grupo de teatro en la escuela, y aunque lo mío siempre fue más escribir que actuar, cuando has tenido la oportunidad de pararte ahí, frente a un público, de vivir ese momento que es casi bajarse los pantalones y mostrarte cómo eres, porque desde allá arriba es difícil esconder cosas, pues, como que nunca pierdes el amor. 

Pero, quizás por eso, o tal vez porque así nací (criticona), tiendo a ser más dura con el teatro que con el cine, o hasta con los libros. Al cine no le pido obras maestras, solo tiene que entretenerme. Es muy fácil tirar un libro a la basura (o, para algunos que de verdad de verdad se lo merecen, por el balcón) cuando ya has llegado al hastío. En una obra, y, particularmente porque, a pesar de todos mis defectos, me enseñaron a ser cortes, uno se aguanta. ¿Qué más voy a hacer? ¿Pararme en medio de la función y decir, chau, que va, no aguanto más?

Impensable. Yo también he estado allá arriba.

No sé por qué, pero, además, soy más dura con las comedias que los dramas. A lo mejor es porque soy llorona, así que eso de llegarme al alma es más fácil que lo de hacerme reír. Comedias tontas hay muchas (muchas, muchas, muchísimas), pero comedias inteligentes, pfff, eso es más difícil que pedir cordura a los políticos panameños.

Hay dos méritos aquí. El de escoger un buen texto. (Y no, no es fácil. En verdad pareciera que es MEGA difícil, considerando las obras que he tenido la desgracias de ver) Y, claro está, el de una puesta en escena no solo adecuada, sino maravillosa.

Con el director (ese que nadie sabe lo que hace cuando las cosas salen bien, pero al que todo el mundo critica cuando las cosas salen mal), no me queda más que decir, bravo. Me quito el sombrero metafórico.

Pero, por sobre todo (y no por eso hay que olvidar escenografía, audio, música, iluminación y todas esas cosas que uno toma por sentado), el sombrero metafórico hay que quitárselo con los actores. Yo no sé si esto es cuestión de gusto (seguro la respuesta es sí), pero normalmente yo salgo de una obra de teatro diciendo, fulanito es buen actor, menganito está más o menos bien, y el resto, ufff, que no me los pongan en otra obra jamás.
En serio. Ese digo. Y generalmente, porque soy así de bocona, lo digo en alto. Lo que pasa es que no conozco a suficiente gente en el mundo del teatro como para que me odien por eso. (Y ya que estamos en el asunto de los odios, queridos escritores, MOVE ON). Pero hay gente que hace una obra y se creen actores. Hay gente que hacen varias obras y se creen actores. Y luego, están los actores que vi ayer.

No tengo tiempo (ni espacio, han visto como pretendo hablar de una cosita y termino escribiendo diez párrafos) para hacer una reseña especifica de Toc Toc. Seguramente la haré en los próximos días. La obra se lo merece. Pero, ahora, me voy a concentrar en los actores. Pero no en uno solo, no. Nadie se robó la obra. O, si alguien se robó la obra, fue un atraco en conjunto. Nadie desentono. Todos tuvieron momentos brillantes. Por momentos, me sentí en la piel de cada uno de ellos.

Y, cuando salir, cuando salí, me dije a mi misma…pues, podría verla de nuevo.

(DE NUEVO. UNA OBRA DE TEATRO. CUYO FINAL YA SÉ ME. CUYOS CHISTES YA CONOZCO. SÍ. DE NUEVO. DE NUEVO, REPITO. DE NUEVO)

Pero, aunque me gustaría volver a verla, espero no tener la oportunidad. Espero que ustedes vayan. Llenen la sala. Espero que no quede un solo boleto para que yo pueda ir a reírme de nuevo. Después de todo, si vamos a comenzar con este asunto de salvar el mundo, ya es hora de que dejemos de pensar en la política y comencemos a concentrarnos en las artes y en la educación. Por ahí, por ahí es que esta el camino, camino, ino, ino. 

viernes, 28 de marzo de 2014

La cultura de la mediocridad, o como ser (o no ser) escritor en Panamá.

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Ya me imagino las caras de algunos (muchos), cuando lean este artículo. O cuando lean el título, porque a veces eso es todo lo que se necesita para criticar. Es la forma de ser del panameño, me decía alguien. Le encontramos lo malo a todo. La quinta pata al gato. Nos quejamos, nos quejamos y luego, cuando terminamos, nos quejamos MÁS.

Somos de lo peor, sancionaba esa persona. Y no dejo de entender el punto de vista, eh. Excepto que no lo comparto. Primero porque generalizar es una cosa mala, malísima. Y segundo, porque, aun si tuviera que generalizar, solo me basta mirar hacia la escritura panameña de los últimos años para darme cuenta de que, cuando más necesitamos criticar, no lo hacemos.

En Panamá no existe la crítica constructiva. De a milagro existe la crítica destructiva (y esta, cuando aparece, solo lo hace para responder a vendettas personales). Aquí en este país todo el mundo escribe obras de arte, absolutamente todo el que publica tiene talento, y los libros de escritores panameños que se encuentran en las librerías son de una calidad que, para que les cuento, de aquí al Nobel de Literatura. Prácticamente perfectos. A nadie le falta una tilde. No hay errores gramaticales ni problemas de argumento.  

Somos así de buenos.

Pero el país no es culto. La gente no aprecia lo nacional, solo lo extranjero. Es una cuestión de mercadeo, de dinero. El público lector, que para colmo, es poco, se deja envolver. Ante eso, la única respuesta es no rendirse. Seguir adelante.

Así te dicen. Así me han dicho.

Nunca me había comido mucho el cuento, pero, últimamente, el cuento ha comenzado a darme un poco de rabia. Es verdad que no se leen muchos escritores panameños, es también verdad que hay libros sublimes, espectaculares, casi obras maestras que dan ganas de leer y leer y seguir leyendo, que nadie parece conocer. Hay poetas que hacen que mi corazoncito se apriete y cuentistas que te dejan sin palabras.

Pero, seamos serios…eso no es todo lo que hay. Claro que no.

Hay libros malos. Malos con mayúscula y negrita. Hay libros mal editados. Muchos. Muchísimos. Hay libros sin sentido. Hay cuentos que no son cuentos y novelas que no son novelas. Hay gente que publica por publicar, y se desaparece. Hay gente que sigue publicando aunque deberían parar. Hay gente con talento. Hay gente sin talento.

Lo que no hay es crítica.

Nos da miedo, creo. Vivimos en esta cultura de ay, fulanito es mi amigo, ¿cómo carajo le voy a decir la verdad? O, peor aún, vivimos en la cultura de: Si le digo la verdad, lo pierdo para siempre. Y yo me pregunto, ¿de verdad sería tan malo?

Ya me imagino la reacción. Crueldad inusitada. Mira esta quien se cree. Diciéndome que deje de escribir. Pero, no, no digo eso. Digo  que hay que tener la cabeza fría. Hay que mirarse en el espejo y verse de verdad. Todos tenemos algo que corregir. Todos, todos, todos. Yo cada día encuentro 7 cosas que debo mejorar (y no solamente en mi escritura).

A veces esto es difícil (borderline imposible), ya sé. Pero resulta treinta mil veces más complicado (me gustan las exageraciones*) en esta cultura de escribe escribe, publica publica, y ya está.

Quizás no me toca a mí decirlo (aunque ya era hora de que ALGUIEN lo dijera). No puedo hacer nada al respecto si nadie más dice nada. Pero si puedo, encarecidamente, pedirles una cosa. A mi díganme la verdad, eh. Cuando me dicen que algo les gustó, les emocionó, les llegó, que sea porque así fue. Y si me quieren decir que no tiene sentido, que es horrible, que lo odian, pues, bienvenido sea. Tal vez  encuentre en SUS razones, alguna idea que aplicar a mi propia vida. A lo mejor no. Pero eso ya será mi problema, no el suyo.


*Reconozco mis problemas. Es el primer paso.  

miércoles, 21 de agosto de 2013

Feria Internacional del Libro en Panama, 2013.

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Llegó la Feria! Hasta cierto punto, la había estado esperando con ansias. Pero, por otro lado…esta es la época de la bancarrota anual, para comprar miles de libros que luego, para el año que viene (o sea, a día de hoy), todavía no he terminado de leer. Aun así, voy con una sonrisa, cada año. (Nunca se puede tener libros de más, o sí?) 

Este año, además, estaré hasta en la sopa.  (En serio, además de las actividades de abajo, me pueden encontrar pululando por el stand del INAC! El primero que llegue y me diga que me conoce por mi blog, se lleva un libro gratis). Hay muchas cosas que valen la pena ver, y, ojalá, me acompañen no solo en la Feria, sino, también, mientras las presento algunos de los nuevos libros que (y no lo digo solo porque los presento, eh), de verdad vale la pena leer.

Miércoles 21, de agosto
3:00 - 3:50 P.M
Los pueblos perdidos
Conversatorio
Participan: Mario García Hudson, Félix  Armando Quiroz Tejeira Y Aminta Núnez.
Maestra de ceremonias: Lissete E. Lanuza Sáenz

Viernes 23 de agosto
8:00 - 8:50 P.M
Nostalgia de escuchar tu risa loca
Novela, de Carlos Wynter Melo.
Presentan: Álvaro Valderas, Luis Pulido Ritter, Alberto Cabredo y Lissete E. Lanuza Sáenz

Sábado 24 de agosto
4:00 - 4:50 P.M
Así de simple y otras complejidades
Cuentos, de Diana Mayora.
Presentan: Enrique Jaramillo Levi y Lissete E. Lanuza Sáenz 

8:00 -8:50 P.M
La puerta transparente
Cuentos, de Leocadio Padilla.  
Presentan: Lissete E. Lanuza Sáenz


Entonces ...nos vemos allá?

jueves, 25 de abril de 2013

Feliz día del Escritor Panameño!

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Amigos escritores (y los que no son amigos, los que no conozco, los que no he leído):

¡Feliz día! Y feliz cumpleaños, Sinan, allá donde estés.  Qué bonito que hoy, 19 años después de tu muerte, todavía te estemos recordando.  Ojalá nunca te olvidemos. Ojalá nunca olvidemos. 

“Yo siempre quise ser escritora”. Esa es la historia oficial. Yo supongo que, en el fondo, no es cierta. Nadie nace queriendo ser escritor.  Pero, quizás, uno nace con el gusanito de la lectura.

Tal vez uno tiene que darle las gracias a sus padres (GRACIAS!!!), por pegárselo. A lo mejor uno disfruta tanto de esos otros mundos que va descubriendo a través de los libros que empieza a inventarse los propios.

Y, quizás, uno tiene la suerte, como yo, de encontrarse en el camino con personas maravillosas. De entrevistar a Neco Endara por tres horas, allá, cuando todavía no estaba segura de que carajo era escribir ni cómo hacerlo. De contagiarse de esa magia (porque no hay otra palabra para describir a Neco). De tomar un Diplomado en Creación Literaria que, años después, significa no solo grandes amigos y grandes ideas, sino también poder decir que sí, yo también di clases con Raúl Leis. 

De que alguien te de una lista de libros por leer. De que alguien te regale uno cada vez que te vea. De que alguien esté ahí, a cada paso, cuando estas tratando de publicar tu primer libro, editando, aconsejando, y, aunque, para ser honesta, no estás de acuerdo con todo (o, a veces, con nada), de lo que esa persona diga, al final del camino, el interés es más que suficiente.

De que alguien, alguna vez, te pusiera una tarea tan pero tan pero tan difícil (Escribe un cuento sin adjetivos ni adverbios, me dijo), que pasaste una semana maldiciendo, pero luego la hiciste, y aprendiste, y ahora, eres mejor (Te estoy mirando, Carlos). 

Y es que, para mí, eso es lo mejor del día del escritor. Otros días se celebra al libro. La palabra escrita tiene muchísimos momentos. Los escritores, nosotros, los panameños, la gente…eso es lo que importa hoy.

Así que, amigos…compañeros, casi diría hermanos…hoy les tengo que dar las gracias.  Por cada palabra que han escrito. Por cada sentimiento que esas palabras han despertado en mí. Por darle vida a lo que yo he, finalmente, decidido no que quiero ser, sino que ya soy. Gracias por mostrarme el camino, por acompañarme en él, por seguir descubriéndolo. 

Y, Feliz día del Escritor Panameño. A celebrar!
 
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