miércoles, 15 de agosto de 2012

¡Feliz cumpleaños, Papaíto!

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Hoy no es tu cumpleaños. Hace más de cuatro meses lo celebramos, y lo celebramos en grande. De pronto cada año cuenta. Pero hoy, 15 de agosto, es, en verdad, como tu otro cumpleaños. El que, durante los últimos 15 años, ha contado. El que deberíamos celebrar. 

Siempre lo he sentido así. Un día como hoy, hace 16 años, Dios decidió que todavía nos quedaba tiempo contigo. Que todavía quedaban cosas por hacer. Un día como hoy, hace 16 años, no te fuiste. 

Es como un cuento. Hoy, hace 16 años, a mi abuelo le cayó un rayo. ¿Qué cosa? Pues, que le cayó un rayo. Ay, lo siento muchísimo. No, que mi abuelo está vivo. Está bien. ¿Cómo? PERO SI LE CAYO UN RAYO. Si, ya sé. Eso pensé yo también en el momento. 

Ha quedado grabado en mi memoria. No todos los días te dicen que a tu abuelo le cayó un rayo. Mi hermana cumplía años al día siguiente. Solo 7. Demasiados pocos para entender que estaba pasando. Yo no estaba mucho más grande. Tampoco entendía. Pero recuerdo. Recuerdo las lágrimas. El susto. Mi mama y mi papa que se fueron a Pocrí. El no saber. Y, luego, recuerdo semanas de semanas en el hospital. No poder ver a mi abuelo. Todavía no, en unos días, otros días, algún día.

Si te hubieras ido ese día me hubieras dejado con buenos recuerdos. De ir a buscarme a la escuela en tu pick-up, siempre con naranjas partidas para que nos entretuviéramos en el camino. De ir a Pocrí contigo en el verano. Subirme a un árbol. De bañarnos en la playa, todos juntos. Fogatas en la noche. 

Pero, no me quedé con los recuerdos de una niña que nunca, nunca, podría haber apreciado a su abuelo como hoy, 16 años después, yo te aprecio. Que nunca hubiera podido entender el sacrificio, el amor, detrás de cada anécdota, si no hubieran venido de tus labios. Que quizás, alguna vez, hubiera aprendido a pelar un mango, ya que tu no hubieras estado ahí para pelarlos todos.

Que nunca hubiera sido la persona que es sin tu presencia en mi vida.

Así que hoy, Papaíto, hoy doy las gracias, Porque estás aquí.  Para traerme frutas, hacer sancocho, regañarme, para dar instrucciones. Para todo. Porque podrías no estar. Y, 16 años después, ya no puedo ni imaginarme lo que hubiera sido.

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